Sábanas de un amor manchado

Habitualmente, la señora era amable y cabal. Sin embargo, ciertos días se apoderaba de ella un fuerte nerviosismo tornando serio su carácter afable y risueño.

Las mañanas que tenía ese extraño comportamiento solía encargar más tareas de las habituales, algo particularmente raro porque jamás supervisaba el quehacer diario.

Casi al alba, la señora había salido a pasear al jardín. Le gustaba la calma que encontraba cuando la noche y el día se daban la mano. Repetía esa rutina siempre que su esposo se marchaba de viaje. El servicio solía decir que la ausencia del señor le quitaba el sueño y que no podía descansar hasta su regreso.

Chiara, la mujer de tez clara, no era ni la ferviente esposa ni la sumisa dama que esperaban. Entre los setos, junto a la fuente, su amante susurraba palabras de amor al despuntar el día.

Más tarde, la señora mandaba lavar unas sábanas blancas que aunque ni usadas ni manchadas debían ser enjuagadas y tendidas en lo alto del jardín, a pesar del cielo grisáceo.

La lavandera, contrariada, las extendía sobre la balaustrada cuando Chiara se asomaba a la ventana de sus aposentos mirando serena al apuesto joven que abandonaba sigilosamente la conversación del grupo en el jardín.

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